El día que lo decidí
El día que lo decidí me levanté a las 8:30 de la mañana. Era otoño y Nueva York vivía una de esas temporadas estilo Bogotá, cuando no se sabe si salir abrigado o no, si sacar la sombrilla o dejarla.
El día que lo decidí me levanté sin saberlo, sin esperar que lo decidiría. Fui a la cocina, saqué del horno un pan plano de masa madre que había hecho la noche anterior y me armé una especie de tostadas francesas; solo que, en vez del crunchy de la tostada, tenían el chewy del gluten. El huevo tampoco tenía el azúcar, la canela y la nuez moscada que usualmente le echaba a las tostadas francesas. Los mezclé con un poquito de leche, chiles tostados, sal y pimienta. Sabían bien.
El desayuno me lo comí frente al teléfono mientras veía una entrevista con Brené Brown y escudriñaba en mi propia historia cómo podía adaptar las lecciones de la doctora, cómo podía escoger elementos para tomar una decisión que todavía no sabía que iba a tomar ese día.
Hacia las 10 am me tomé un sorbo de café y lo saboreé muy lento, pues el día anterior había decidido bajarle a las dosis de cafeína después de que mi amigo me dijera que los afanes descontrolados por orinar que se me estaban volviendo frecuentes tenían que ver con las propiedades estimulantes de esta con algunos receptores nerviosos en la vejiga. Who would’ve thought?
Luego me duché, vi el día soleado que finalmente había empezado a mostrarse afuera y decidí salir a dar una caminata larga con mi perrita, quien tampoco sospechaba que ese día tomaría la decisión.
Caminamos hacia el oeste. Atravesamos el Prospect Park por los caminos tapizados en hojas secas. Tomé fotos. Envié fotos. Me puse los audífonos y maridé esos paisajes pacíficos de bosque citadino de otoño con las palabras y emociones codificadas de Gustavo. El músico, no el sabio.
Ya del otro lado bajamos hasta la tienda en donde hice algo que tampoco pensé que iba a hacer ese día cuando me levanté. Recogí una camiseta y una gorra de correr que había ordenado hacía dos semanas.
De camino a casa, compré un morning bun. “A little food cheating,” que ahí sí podía empezar a ser premonitorio de la decisión que pronto tomaría. Me lo comí en una banca mientras engañaba a mi perrita con galletitas de hígado que sacaba de una bolsa y luego pretendía arrancar del morning bun para tenerla tranquila. What a fucking asshole!
Ya en el apartamento, calenté mi almuerzo: unas alas con papas —paradójicamente, a la francesa— que había cocinado la noche anterior. Esto lo hice mientras miraba series en la televisión y trataba de no pensar mucho.
Fracaso.
Fracaso desde el principio.
Y es que desde que me desperté, cuando miré por la ventana, cuando hice las tostadas chiclosas, cuando salí a caminar, cuando me comí el morning bun, y mientras veía series, el pensamiento de ella me acompañaba. El pensamiento de lo que éramos, de lo que quisiera que hubiera sido, de lo que desearía que fuésemos. De lo que no seremos.
Siempre dando pasos a mi lado sobre el tapete de hojas secas; sentado a mi lado en la banca del parque; abriéndome la puerta en la tienda de ropa; abrazándome en ese sofá. El pensamiento que lleva diez años acompañándome y que, ahí, en ese sillón, decidí empezar a verlo como lo que es: un pensamiento, una idea, un anhelo de lo que siempre quise que fuera ella, pero que no es.
¿Cuánto nivel de egoísmo el vivir aferrado a una idea y negarme a ver a la persona?
El día que tomé la decisión —esa tarde— me paré y me fui a lavar ropa al laundry bar al lado de mi edificio. Fue allí donde tomé la decisión. Pensé en cómo mi vida ha sido una iteración entre ponerme la armadura de complacencia y pusilanimidad para cubrir mi bajísima autoestima, y mi reacción radical e individualista de entender que mi valor me lo doy yo y no ese pensamiento que obligo a permanecer a mi lado.
Esa tarde, en un maldito lugar tan neoyorquino como puede ser una lavandería que vende cerveza de barril y shots de soju, decidí sacar esta libreta y escribir este texto. Decidí bajar al papel los pensamientos sobre ese pensamiento y decidí que, para salir de la latencia en la que vivo desde hace años, debo dejar ir a la idea.
La idea es diferente a la persona.
Y decidí dejar ir a la idea.
Y decidí volver a enamorarme de la persona.
De la persona que escribió estas letras.



